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martes, abril 14, 2009

Final de un feliz cumpleaños



Estuvimos un rato tendidos en el suelo, esperando que el reposo nos restituyera las energías. Las chicas se reían y susurraban cosas, mientras bebían de sus copas. Parecían dos distendidas amigas, naturales y sin pudores. De no mediar su esplendida desnudez, nada habría de inquietante en la escena. En un momento, Erika se acercó a Silvia, como diciendo algo a su oído. Los ojos de mi mujer, delataron que había algo más. La boca de Erika, se deslizó por la mejilla de Silvia, lentamente, y se detuvo en los labios de mi mujer. Un beso largo las unió. Y luego, no sólo sus labios se acariciaban. El beso comenzó a juntar sus lenguas, en un frenético beso, apasionado como el que más. Las energías de ambos machos, nos llegó en un solo click, ante semejante e inesperado espectáculo. El ver a nuestras parejas, abrazándose, besándose y tocándose enteras, desesperadas, alejadas en ese momento de nuestra presencia, fue un detonante. Era como si no existiéramos.

Recostadas ahora sobre el sofá, nos entregaban el más exquisito retrato lésbico. Los dos cuerpos magníficos se brindaban las mejores y originales caricias. Sus bocas se recorrían mutuamente, sus manos se dedicaban a recorrer cada rincón de su piel, sus piernas se entrelazaban, se separaban, se oprimían, se abrían. Silvia, desenfrenada, cogió a Erika, la tumbó de espaldas y separando sus muslos, hundió su rostro en el triangulo perfecto de Erika. Espectadores privilegiados, veíamos la lengua que se deleitaba en la piel húmeda de su amiga, penetrando por primera vez la rosada cavidad, que destilaba los jugos del placer, luego la lengua de Silvia lamió el néctar, siguiéndolo con delicadeza hasta el oscuro rincón entre las nalgas de la compañera, donde se sumían los efluvios. Erika se dejaba hacer, gozando en cada embate.

De repente Silvia me dijo en alta voz: Ven para que te cojas este manjar delicioso, amor, haz lo que desde que viste por primera vez a Erika, quisiste hacer….

Me levanté como un resorte, y pude ver una vez más, el delicado sexo de Erika, lubricado y ardiente. Abierto y apetecible. Mi lengua acarició aquél fabuloso túnel, y Silvia hizo lo mismo. Ambos teníamos a la mujer, allí, con sus muslos extremadamente abiertos, saboreando al unísono toda su delicia. Erika, gemía de placer. De reojo, observé a Pedro, que se frotaba su arma, acicateado por la visión de su mujer devorada por nosotros.

Silvia observó lo mismo, y sin decir nada, me dejó sumido en Erika, bajando hacia el piso. Avancé sobre Erika y comencé a besar y lamer su cuello, mientras mi verga se posesionaba de su sexo, sus muslos me lo apretaron suavemente, y me susurró al oído:

- Es verdad que me deseabas?

- Si – Le contesté – desde que te vi por primera vez me impresionaste, tienes un cuerpo precioso, el besar cada rincón tuyo, es una regalo precioso. Tu cola me volvía loco y tenerlo para mi, es un manjar.

- Pues hoy es tu día de suerte, hoy probarás todo lo que te gusta de mí.

Inmediatamente sujetó mi pedazo duro y comenzó a introducirlo en su hinchada y húmeda vulva.

Estaba totalmente mojada y poco a poco me iba abriendo paso con mi pene que estaba que quería partirse de dureza. Ella se encontraba encima de mí y me cabalgaba como un jinete profesional, sus movimientos cada vez más profundos y fuertes se convirtieron en una fuente de placer, que la hicieron agitarse en un orgasmo intenso.

Mientras nosotros disfrutábamos de una unión profunda, Silvia se la estaba pasando de lo mejor con Pedro, y de vez en cuando escuchaba sus gemidos, esas señales de placer, bien conocidas por mí.

Erika se separó de mí bruscamente y se arrodilló justo enfrente de mí, dándome su espalda, mientras con sus manos separaba sus grandes nalgas.

- ¿Qué esperas? – Me preguntó - ¿Acaso no era mi cola una de mis prendas preciadas por ti? Ven y cógemelo que hoy es mi regalo especial para ti.

Y sin más dilación me acerqué a aquella redondez excelente, una cola esculpida a mano, rosada y exuberante. Ella llevó un dedo a su boca y lo untó de saliva, para enseguida humedecer, en un ademán exquisito, el maravilloso orificio que yo, no cesaba de admirar. No pude contener mi lengua, que de modo instintivo se precipitó a lamer ese presente que se ofrecía tan generoso. La punta de mi lengua trasgresora hurgó en ese preciado foramen.... mmmm, qué delicia. Fueron unos segundos apenas, pero para ella significaron una motivación extra, manifestada en quejidos y ayes de sensualidad inquietante. Presenté mi lanza palpitante en su ranura estrellada y poco a poco fui haciendo presión sobre ella. Se arqueaba y se movía suavemente, mi polla iba ganando terreno poco a poco, gemido a gemido, la sacaba y volvía a arremeter, hasta quedar al fin, completamente dentro de ella. La presioné con firmeza, procurando que sintiera mi dureza, hasta lo más profundo. Entonces comencé a moverme más fuerte, mientras ella me correspondía los movimientos con otros más intensos. No podía creer que aquellas nalgas tan codiciadas, hoy estaban siendo mías. La sensación era espléndida, su culo presionaba todo mi pene como si quisiera hacérmelo estallar.

A nuestro lado, en la alfombra, Silvia comenzó una seguidilla de quejidos, revelando que no dejaba de tener un orgasmo tras otro. La cara de placer de ambos provocó que estuviera a punto de explotar en Erika, situación que notó, y se retiró de su posición para tenderse en el piso boca arriba y me dijo:
- Ven que todavía te falta darme algo que también te gusta de mí. Y señaló sus grandes y firmes pechos.

Me arrodillé sobre su vientre, y allí sobre mi cabalgadura preciosa, comencé a refregar mi verga entre sus pezones. Era una vista excelente, su rostro encendido, sus ojos mirándome embobada. De vez de cuando alternaba los movimientos, y le introducía mi carne en su boca, la que abría, alojándome con pasión, besaba y lamía con sapiencia. De pronto ya no pude más y comencé a derramar mi leche, sin control sobre sus pechos. De mi verga brotaban chorros calientes, mientras yo hacía esfuerzos para no gritar de placer. De la escena habían sido testigos Pedro y Silvia, alertados por el frenesí de nuestra cabalgata. Silvia no pudo contenerse y en un arrebato de lujuria extrema, se acercó para lamer todos mis jugos sobre los pezones de Erika.

Los cuatro terminamos durmiéndonos, Erika y Pedro, abrazados sobre la alfombra, Silvia desparramada sobre el sofá. Cuando desperté. Erika y Pedro, estaban a punto de irse, Silvia me llamó para despedirlos. Saludé a mi amigo y le comenté que había sido una gran noche, luego me acerqué a Erika y le dije:

-Te debo agradecer por hacerme pasar el mejor cumpleaños de mi vida.

-No me agradezcas a mí, agradécele a Silvia, que supo leer mis deseos, porque no eras tú el único que quería esto…, sin duda, ha quedado claro que todos deseábamos algo así. Y no te preocupes, que mi cumpleaños no está lejos, estoy segura que ustedes sabrán regalarme algo interesante. Y diciendo esto me dio un beso suave en mi cara y se despidió de mi mujer, agradeciéndole por la noche maravillosa. Y así terminó mi cumpleaños número 28.

Silvia me sonrió guiñándome un ojo, nos abrazamos y subimos a nuestro dormitorio.

martes, abril 07, 2009

Mi cumpleaños feliz


Era mi cumpleaños y en la noche de ese día me encontré la sorpresa que mi pareja había invitado a unos amigos en común que también son pareja… Erika, la mujer de mi amigo es rubia, alta, con unos tremendos pechos que rompen un poco la armonía de un cuerpo de marcada cintura, en que su trasero, parece trazado por un artista, qué cola más hermosa… Recuerdo que la primera vez que la vimos, con Silvia, mi pareja, nos llamó la atención, y esa misma noche, mientras jugábamos en nuestra cama, hicimos muchos comentarios y nos excitamos fantaseando con ella, metida en nuestro lecho. Así, el consolidar las amistades, fue como natural, pero sabiendo muy bien nosotros, que secretamente, anhelábamos profundizar los encuentros. Y digo profundizar en el más cabal y turbio de los sentidos. Pedro, mi amigo, no le iba en zaga a su mujer. Si primero fue ella la que nos motivó sueños eróticos, él, por expresa picardía de Silvia, no tardó en meterse también en medio de nosotros, en fantasías que seguí, disfrutando de la libidinosa imaginación de mi mujer. Y allí estábamos ahora, celebrando los cuatro, nada menos que mi cumpleaños. Las burbujas del champagne, lo distendido de la conversación, la compañía agradable de las notas del piano de Oscar Peterson, daban un entorno muy grato. Así las cosas, en un momento, Silvia llamó a Erika a un lado, marchándose ambas a la cocina. Luego de un rato, en que nosotros nos fumamos unos habanos en la terraza y cambiamos el espumante por sendas copas de brandy, aparecieron ellas, con uno de esos juegos como el metrópolis pero de adultos. Pasamos a la sala, donde ellas comenzaron a explicar las reglas del juego, Pedro y yo nos mirábamos con desconcierto, yo no podía creer lo que estaba ocurriendo y poco a poco me fui excitando con la idea de jugar y ver lo que pasaba. Sin preguntar si estábamos dispuestos a jugar, las dos juguetonas comenzaron a repartir las fichas y un dado para cada jugador. Silvia me miró y dijo, el homenajeado comienza a tirar. Tiro el dado y me sale un 5, es una casilla de Tigre y salto a la casilla 10 donde está el otro tigre. Era el turno de Silvia, y sacó un 3, la casilla decía "Bésale en la espalda" y era una casilla de dos, por lo que escogió uno de los papelitos con los nombres de los jugadores y ahí estaba yo… que suerte la mía. Me desabrochó la camisa, mientras los amigos aplaudían y reían, Al sentir aquellos labios sobre mi espalda, calientes y provocadores, una corriente eléctrica se deslizó desde mi nuca, hundiéndose y llegando directamente a mi zona sensible, causando una lenta pero sostenida erección que, por instantes traté de disimular. Un minuto estuvo Silvia besándome la espalda, mientras me rodeaba con sus brazos y con sus dedos acariciaba mis pectorales, yo me sentía en el cielo y no hacía más que expresar el relajo. De pronto, terminó con su “penitencia” y me miró con sus ojitos, con esa mirada tan especial que pone cuando estoy sobre ella, y me dijo: te gustó verdad? Y veo que logré lo que quería, amor… sonriendo ladinamente.
El turno siguiente, luego de hacer nuevos brindis, fue de Erika. Yo creo que todos pensamos algo parecido en el mismo instante que ella cogió el dado con su mano derecha, y comenzó a moverla, lentamente, sonriendo y mirándonos a todos, simulando, en el aire, el grácil ademán de una masturbación. Ufff, por lo menos a mi, me hizo en un segundo imaginar de golpe, un mundo de posibilidades. Solo desee que le saliera una penitencia conmigo. Miré a mi mujer, y en su mirada, brillaba la mejor de las fantasías. Pedro, miraba a su mujer, extasiado, sus ojos revelaban también una historia común, de seguro llena de complicidades, que pronto yo anhelaba conocer.
Cerré mis ojos, haciendo fuerzas para que saliera una prueba interesante. El dado se soltó de la mano de Erika y rodó tres veces marcando finalmente el seis. Nuestros ojos esperaban, mientras ella leía la tarjeta respectiva.
Ah, nooo, exclamó Erika, no, no puedo hacer eso¡¡.
Pero qué es?, le dijo Silvia, no te puedes arrepentir ahora, amiga¡
Como respuesta Erika le entregó la cartulina:
aquí sale ¡que debe hacer un strip tease hasta quedar en ropa interior¡. ,, declaró mi mujer.
Hubo una risa general, mientras Erika, un poco azorada, tomó su copa y apuró el trago. Al ritmo cadencioso de la música, comenzó a moverse sensualmente, pidiendo que atenuaramos la luz de la habitación. Parecía toda una profesional, suave y seductora, se acercaba a Pedro, y le rozaba con sus dedos la cabellera. Giró y se refregó con su cola exquisita, en una rodilla de su hombre, era una situación muy caliente. Como en una rutina ensayada, Pedro le desabrochó su falda, descorriendo el cierre, La prenda resbaló a sus pies, sobre sus botas negras. La imagen que emergió fue espectacular cual Venus de Boticcelli, la piel tersa de sus muslos, la redondez perfecta de su cola, su vientre sin una pizca de grasa, enfundada en una prenda mínima, apenas dos triángulos de tela negra, unidos por delgados cordones, muy reveladores de la magnificiencia de su generosa piel. Estaba allí, magnífica, a nuestra vista. Yo embelesado. Mi mujer, brillando sus ojos, Pedro, con la boca entreabierta. Luego, fue el momento de la blusa, que rauda, desapareció y surgieron, su par de pechos gloriosos, cubiertos, retenidos por un hermoso y erótico sostén, en el mismo tono que su calzón. Aplaudimos al unísono. Una reacción instintiva y no concertada. Las risas y un nuevo brindis, coronaron a la reina del momento. Sin dejar de sonreír, consciente de su éxito, Erika se sentó, entre su hombre y yo. No se preocupó de vestirse, pero si de anunciar que era el turno de Pedro. Yo sólo pensaba en el pedazo de mujer que tenía a mi lado. No me percaté del resultado de la tirada, ni de la lectura de tarjeta. Cuando las risas surgieron, mi mente volvió a la realidad. Pedro estaba de pie, y todos me miraban. La penitencia, ¡en realidad era un premio! ¡consistía en besar durante treinta segundos los pechos de una jugadora, que se eligió de los nombres, adivinen: el nombre era ¡Silvia! De ahí, las miradas que me dirigían. Silvia me miraba, y noté que el brillo de sus ojos, era más intenso que antes.
Buenos amigos, si estamos en el juego, dije. Y como festejado, estimo que no hay concesiones, asi que adelante pues amigo, suerte y disfrútelo, jajaja. Mi mujer me dirigió una sonrisa seductora y agradecida.
Erika, también me miró y con sus ojitos verdes, parecía decirme que era la decisión correcta. Su pecho latía, y advertí, en una visión audaz, sus pezones erguidos, destacándose bajo su sostén.
Pedro se inclinó delante de mi mujer, y no sin cierto recato al principio, comenzó a desabotonar la blusa de Silvia. Fue una tarea breve, y las manos de mi mujer, ayudaron, prestas, a deshacerse de su brassier, los pechos turgentes de mi pareja, saltaron delante de los ojos de Pedro, los pezones rosados, que tan rápidamente reaccionaban a mis besos, esta vez, no habían requerido de mis labios, estaban duros, enhiestos, desafiantes, dispuestos a pagar o cobrar lo que indicaba el juego. Todos murmuramos algo, manifestando aprobación total a la imagen cimbreante del hermoso par, que se ofrecía.
Pedro acercó su boca. El pezón derecho fue absorbido por mi amigo, lentamente, y Silvia cerró sus ojos. Las manos del hombre se unieron a la labor, mas allá de lo ordenado por el juego, pero nadie reparaba en ello. Y Silvia, comenzó a gemir quedamente. La lengua de Pedro, ágilmente se desplazaba de un pezón al otro, sus manos los estrechaban, permitiendo en un solo beso, comerlos a ambos a la vez. Mi mujer, aferró la cabeza de Pedro, guiándola para que no cesara el placentero recorrido.
Entre mis piernas, luchaba por soltarse, mi cautivo, duro y caliente. Ya no disimulaba mi erección. No era necesario ya.
Miré a Erika. Estaba absorta, mirando como su hombre se solazaba en esos pechos ajenos. Y una de sus manos comenzó a acariciar sus propias turgencias, debajo de su prenda. La otra, bajó a su sexo, abriendo sus piernas. Sus dedos se refugiaron en su rinconcito cubierto. Sus ojos, también se cerraron y su cabeza se echó atrás sobre el respaldo del sofá.
Fue el momento en que mis manos se soltaron de mi control y actuaron. Una se deslizó a los pechos maravillosos, levantando el sostén, y encontrándose con los dedos de Erika. El pezón de la mujer estaba durísimo, alzado y caliente. Mi otra mano, se unió también a la de Erika, bajo su calzón. La humedad de su sexo, bañó de inmediato mis dedos, que autorizados, acariciaron sin tapujos esos pliegues portentosos. Su propia mano me guió, para entreabrir su piel cuidadosamente depilada, suavísima. Sus piernas se alzaron y se deshizo, voluptuosamente, del brevísimo calzón. Mis dedos comenzaron a entrar, por su fabulosa gruta rosada, justo en el momento en que de reojo, observé que Silvia despojaba a Pedro de su pantalón, y asía, gozosa, el erguido miembro del hombre, frente a su boca... (Continuará...)

lunes, noviembre 20, 2006

Lágrimas traicioneras


El bordeaba los 50 años, de contextura más bien gruesa, peinaba canas, ojos cafes, no se consideraba atractivo, pero según se lo habían manifestado, no eran pocas las mujeres que lo encontraban interesante, por su mirada profunda, su hablar pausado y su voz de tono agradable. Sin embargo sufría de muy baja autoestima, producto de una educación apegada a valores muy tradicionales y a una madre muy estricta y golpeadora.
Se había casado muy joven, a los 21 años recién cumplidos, ella era muy tierna, pero
con una muy mala educación, sin espíritu de superación, más bien floja, descuidada en su presentación personal, y hasta desaseada, pero ambos se habían enamorado con esa fuerza que da el desorden hormonal de la juventud.
Nunca le había sido infiel, y recordaba muy pocos momentos de real pasión y entrega con ella. Así no era raro que siempre fantaseara con amigas o conocidas que le hacían vibrar, pero nunca logró concretar nada con ninguna, más que nada por su exacerbada timidez, la que le hacía abortar cualquier impulso que sintiera.
Con motivo de un trabajo temporal, un día la conoció, era todo lo que él había soñado. Un cuerpo tallado a mano, con unas curvas sinuosas, lejos, muy lejos de las regordetas formas de su esposa, con una sonrisa generosa, joven y bonita, un pelo negro y largo que lucía hasta media espalda, un andar gatuno que le enloqueció, unos labios pequeños e invitadores, unas cejas que le hacían pensar en su pubis, frondoso y ensortijado. Su frescura le hipnotizaba, pasaba horas mirándola; para ella, él no le era indiferente y se le insinuaba de diferentes formas, compartían un solo camarín para cambiarse de ropa antes de salir a trabajar a atender público, varias veces, ella se cambiaba de ropa, frente a él, sin mayor pudor, él solo la miraba, incluso en mas de alguna oportunidad, ella le preguntaba coqueta:
¿te gustan mis cuadros?, mostrándole sus mini tangas, y luciendo sus largas y lindas piernas, él sólo se ruborizaba y nada respondía. Pero luego al atardecer, cuando él se había hecho mil ideas y envalentonado, y se ofrecía a llevarla hasta su casa, ella le decía que no, que tenía otras cosas que hacer. Ese juego cruel de ella, lo tenía loco. Pensó dejar a su esposa muchas veces, pensó en ser infiel tantas otras.
Ese día, a ella se le rompió el cierre de su traje, y quedó prisionera del mismo, con el cierre trabado a medio camino, sin poder ni subir ni bajarlo. Estaba claro que no podía atender público con el cierre así, y no podía sacarse el traje para mandar a repararlo ya que el dichoso cierre no lo permitía. Le pidió ayuda a él, quién trató de bajar el pequeño mecanismo con manos temblorosas y torpes por el nerviosismo casi de adolescente que le producía estar tan cerca de ella y a medio vestir. Sus intentos lo único que lograron fue abrir el cierre por debajo del carro, hasta sus rosados y pequeños calzones, pero no bajaba ni un centímetro, ella con una cara mezcla de angustia y picardía le pidió que le sacara el traje como pudiese. Logró sacarle la parte superior del traje tipo buzo de mecánico, pero sin brazos y sin espalda, pasando la parte del cuello por sobre su cabeza, rozando y oliendo ese pelo negro y largo, con olor a manzana que le llegaba a lo mas profundo de su ser, y logró bajar el traje hasta su pequeña cintura, dejando a la vista, unos sostenes minúsculos, de media copa que mas que sostener, resaltaban la redondez y turgencia de esos senos preciosos que él deseaba besar y acariciar, pero que mantenía a unos respetables 20 centímetros de su cara. Sus caderas amplias impedían que el traje bajase mas allá de esas deliciosas curvas, ella se ponía cada vez mas nerviosa, la hora de atención al público se acercaba ya cada vez mas de prisa, y debía concurrir, si no se lo descontarían. El ya no sabía que mas hacer, una muy fuerte excitación ya se hacía notar en su pantalón, ella le dijo imperiosa:
¡Bájalo como puedas!.
El, muy obediente, tomándola por la cintura, la situó frente a si mismo, muy juntos, rodeó su cintura y puso sus manos suavemente en los glúteos de ella, por debajo del traje. Sus manos parecían querer derretir la piel de ella. Ya ni respiraba, anhelante y palpitante como estaba, como si no quisiera romper ese contacto de supremo éxtasis. Ella, dejaba hacer y trataba de ayudar, moviendo sus caderas, en un movimiento muy sensual. El comenzó a presionar con sus manos hacía si, hundiendo sus dedos en el suave, blando y deleitoso trasero, para hacer espacio para que bajase el traje. Así, la mini tanga comenzó a bajar junto al traje, muy lentamente. Cuando él se percató de aquello, cortésmente le pidió que se afirmara la mínima prenda para que no bajase junto al traje.... y debió parar. Sintió que entre sus piernas, ese sólo encuentro supremo de sus pieles y las mil imágenes retenidas en esos breves instantes, había hecho erguirse su herramienta atormentada. Estuvo a punto de acabar, con solo tener en sus manos ese trasero joven, pulcro, rosado y misterioso, perfumado a mil manjares. Una vez más se repuso.... y terminó de bajar el traje, quedando ella sólo vestida con sus diminutas prendas. Allí emergió ella, en su magnificente desnudez. Su piel perfecta, sus formas maravillosas, y mirándolo en dos segundos interminables, como en un acto de entrega formal y sutil.
No pasó nada más. En realidad si, él volvió a su casa aquella noche, miró a su esposa, que yacía en el lecho. Le besó tiernamente en la frente, y se durmió con lágrimas traicioneras en los ojos, pero con una sonrisa de satisfacción.

martes, agosto 22, 2006

Un sueño cumplido


Cuando escuché que esa noche llegaban mis tíos, me emocioné. Vería a mi tía. Ella era una mujer absolutamente madura, cuarentona muy bien conservada, y se notaba que lo pasaba muy bien con mi tío, el hermano de mi madre. Es más, siempre en las conversaciones que escuchaba de mis padres, ellos comentaban que bien se veía mi tía, y que se notaba que su marido la mantenía bien. Mis padres se reían, dando a entender en su doble sentido, que el plano sexual era saludable. Pues bien, siempre que tenía ocasión de verla, a partir de mis 16 años, trataba de descubrir algo más, en su escote, en su falda, o imaginar sus calzones bajo sus jeans, en fin. Era de piel muy blanca, una cabellera trigueña, y de facciones muy atractivas. No era delgada, más bien rellenita, al estilo de esas mujeres maduras que abundan en los cuadros antiguos. Tenía una sonrisa muy agradable, y me trataba con mucho cariño. Cada vez que me veía me decía verdaderos piropos, como que grande estás sobrino, que alto, como has crecido, etc. Y yo pensaba, si tía, y vieras como me ha crecido también, como me gustaría mostrártela, tiita.

Y ahora la tendría de nuevo en mi casa. Llegaron cerca de la medianoche. Mis viejos les sirvieron unos tragos y algo para comer. Yo estaba con pijama, y cuando llegó ella, me saludó como siempre con un abrazo cariñoso. Pero esta vez, me atreví a estrecharla un poco más de lo usual. Mi verga también estaba un poco más consistente de lo habitual, así que procuré que la sintiera. Su cuerpo me estrechó y noté que mi herramienta se ubicó muy precisamente en medio de sus muslos, en el vértice que era mi sueño. Fue solo un par de segundos, pero mi verga se congratuló de estar allí. Ella sin duda lo sintió, pero no dijo nada, se separó y mirándome me dijo: está cada vez más grande mi niño… Sus palabras me estremecieron. Sus hermosos ojos me taladraron y sentí que me enamoraba.

La charla se desarrolló en base a cosas triviales, mientras yo me mantenía en un discreto lugar secundario, mirándola y soñando con cada línea de su cuerpo. Envidiaba a mi tío, que en un poco rato más se iría a dormir con ella. Y además en mi cama, que les debía ceder por esa noche. Sin duda, esa situación la disfrutaría más tarde, cuando ellos se fueran, y yo volviera a mi cama, imaginaría su cuerpo en mi lecho….ah, que paja me correría. Estaba hermosa, y la encontraba más sensual que nunca, de vez en cuando sus bellos ojos me miraban, y me derretía. Llegó la hora de acostarse. Mis tíos fueron a mi cuarto, y yo a dormir en la pieza de mi hermano. Que panorama… No podía dejar de pensar, mientras me disponía a dormir, en mi tía, metiéndose en mi cama, rozando mis sábanas con su piel suave. Y me imaginaba como luego estaría al lado de mi tío. Me levanté y golpeé a la puerta de mi cuarto. Pase, dijo mi tía, que efectivamente ya estaba en mi lecho. Pero aún sola, pues mi tío no volvía del baño. Permiso, tía, voy a buscar algo en mi ropero… le dije. Si pasa no más, me dijo ella, que cepillaba su pelo.

Abrí mi ropero, dándole la espalda a mi tía. Sentí que ella me miraba. Y lo confirmé mirando de reojo por el espejo del interior del ropero. Mientras se cepillaba, me miraba de arriba abajo. Su camisa de dormir se entreabría por un botón que no estaba abrochado, y se alcanzaba a ver la suave redondez de un pecho blanquísimo. Con esa sola visión, mi verga se puso dura. Bastaba eso para ponerme a mil y darme ganas de corrérmela. Ya tenía suficiente por esa noche. Sin embargo, me detuve más rato, haciendo como que buscaba algo. Ella me miraba, y se sonreía, con cierta malicia. No se si era mi imaginación, pero creí ver cierto atisbo de picardía en la forma que me miraba. Sobrino, venga para acá. Me dijo. Mi corazón se paralizó. Ssssi tía, ¿qué quiere? le dije, mientras me daba vuelta hacia ella. Siéntese aquí, dijo tocando con su palma el borde de mi cama. Me senté a su lado, y allí me di cuenta que mi verga levantaba groseramente mi pijama. Perdone, tía, balbuceé, tratando de ocultar lo imposible. Ja, ja, ja, sonrió suavemente mi tía. Mi sobrino grande, no seas tontito, si es natural que sientas cosas. Me dijo. Al fin estás en la pubertad, no? Si, pero…, es que..., me comportaba como un estúpido, no sabía articular palabra.
Ella me acarició la cabeza con una mano, mientras con la otra se cerraba su blusa. Hace varios meses que no nos veíamos ¿cierto?, me dijo. Y como has cambiado, si ya eres un hombre… Me sonrojé,. No estaba acostumbrado a conversar con chicas, y menos con una mujer madura, que era la mejor de mis fantasías. Mi verga no decrecía, era como si se mandara sola, independiente. Si, sobrino, me di cuenta cuando me abrazaste, pero ¿por qué te pusiste así?. No me dirás que es por mí, ¿no?... me preguntó, con una encantadora sonrisa. Quise decirle que si, que era por ella, que ella era mi sueño erótico juvenil, que tenía ganas de lanzarme sobre ella y darle lo que tantas veces hice en forma solitaria. Pero solamente la miré, tan tímido como siempre, con una sonrisa estúpida.
Mi niño, me dijo, abrazándome y apretándome contra su pecho. Mi cara se hundió en su hombro, respirando su exquisito aroma. La abracé inconscientemente, la apreté con mis brazos, soñando que estuviera desnuda. Fueron unos segundos felices, que mi verga agradeció soltando pequeñas gotas. Al fin y al cabo, era una situación nueva, muy cercana a mis sueños, allí los dos en mi cama… Me dieron ganas de besar su cuello, su oreja, que tenía tan cerca. Mi boca también actuó sola, mis labios besaron tímidamente su cuello. Ella no dijo ni hizo nada. Luego besé el lóbulo de su oreja. Mi respiración caliente, y entrecortada, me delató definitivamente. Sobrino, que lindo eres. ¿Por qué haces eso?, susurró levemente. Pero no me detuvo. Mi boca recorrió su cuello, hacia atrás, hacia su nuca, como siguiendo la ruta de su perfume. Levanté su cabellera, y sentí que ella se abandonaba. Un suspiro me indicó que algo pasaba. Sus brazos me atrajeron más hacia si. Mis manos recorrían su espalda, sin saber qué hacer. De pronto sentí una de sus manos en mi verga. Y acto seguido, meterse bajo mi pantalón y aferrarla. Su mano estaba caliente. Mi falo respondió con un respingo mayor, aumentando su vigor. Que sensación tremenda. Mi tía me agarraba la verga, tal como lo había soñado tantas veces.
Que grande está mi niño…, me dijo, dándome un masaje glorioso. Pero fue tan fugaz, como eterno. La soltó y se separó de mí. Bueno sobrino, que tengas buenas noches, dijo, al tiempo que me besó en la frente, y dándome un zamarrón en mi pelo, me despidió. Me levanté y me fui a mi cuarto, al tiempo que mi tío avanzaba por el pasillo, a su cuarto. Chao campeón, me dijo. Hasta mañana tío, le dije, lleno de envidia, pero feliz. Esa noche me hice la mejor corrida en mucho tiempo. No podía dejar de pensar en lo ocurrido. Mi verga tenía estampada la mano de mi tía, la sentía aún. Era extraordinaria la sensación. Y no pude dormir...

martes, junio 06, 2006

Noche de pasión permitida


Un aporte de un amigo, que pasó una gran noche. (Si lo quieren ver hagan click aqui....)

Anoche según salí de la ducha, a medio secar, ella ya estaba tumbada en la cama. Totalmente desnuda, acariciándose el coño, con las piernas muy juntas como le gusta. Presionándose encima del clítoris y haciendo círculos a su alrededor.
Nada más salir y encontrarme con la escena me miró a los ojos fijamente y me sonrió mientras seguía tocándose.
Me quedé de pie, frente a la cama sin poder dejar de mirarla.
La miraba el movimiento de las tetas según se masturbaba, ese color rojizo que se le pone en la cara cuando se excita, el gesto mezcla de vicio y placer, y la mano que seguía enterrada entre sus piernas.
Miraba todo esto mientras delante de ella mi polla iba aumentando de tamaño, levantándose y endureciéndose frente a ella. Yo también me toqué un poco, lo justo para acabar de empalmarme y ponerme a su nivel de excitación, que ya iba bastante avanzado.

Al poco rato sentí la necesidad de acariciarla, de sentir en mis manos y en mi piel la suya ya caliente. Me tumbé a su lado y empecé a tocarle los muslos muy despacito, subiendo hacia sus caderas. Le acaricié los brazos, y las manos que no paraban de moverse sobre su sexo. Empecé a lamer sus pezones hasta que estos se pusieron duros como piedras, y la besé paseando mi lengua por toda su boca, por sus dientes, chupando su lengua como si fuese una polla. Ella solo abría la boca, estaba tan concentrada en la paja que se estaba haciendo que no podía deleitarse en besarme. Estaba a punto de correrse, y lo hizo. Tuvo un fuerte orgasmo, de esos que se tienen con los ojos cerrados y la boca apretada. Un orgasmo de los que por sí solos son capaces de hacerse correr al hombre que esté delante mirando.

Cuando se tranquilizó un poco se abrazó a mí y me besó. A los pocos minutos, cuando se hubo recuperado un poco empezó a acariciar mi espalda, bajando hasta mi culo para rápidamente pasar a tocarme la polla completamente tiesa y dura. Sin perder mucho tiempo se subió encima de mí y agarrando la polla con una mano se la fue metiendo poco a poco hasta que esta despareció por completo dentro de ella. Estaba tan mojada que entró de forma muy suave. Me encanta cuando entra así de bien y de rápido gracias a la humedad de su coño.

Empezó a cabalgarme sacándosela casi del todo, dejando dentro solamente la punta del glande para volver a bajar despacito hasta hacerla desaparecer del todo nuevamente. Cada vez que estaba fuera yo la veía brillar debido a lo mojado que estaban nuestros sexos.
No pude aguantar mucho, después de lo caliente que me había puesto verla masturbarse y de lo mojado que estaba todo (es algo que me pone a mil, no lo puedo remediar), acabe corriéndome dentro de ella mientras ella seguía subiendo y bajando hasta que segundos después también se corrió.

El semen se salió todo de su coño mientras había seguido subiendo y bajando por mi polla que estaba mucho menos consistente después de haberme corrido. Estuvimos un rato abrazados restregándonos el uno en el otro.
Poco después ella se bajo de encima y me chupo la polla blandita y caída hacia un lado, hasta que hubo lamido todo el semen que tenía alrededor. Después me besó fuertemente y nos dormimos abrazados el uno al otro oliendo a sexo, a semen y a sudor, a ese sudor especial que se huele después de una sesión de buen sexo.
Es un olor muy excitante, ¿no creéis?.

lunes, junio 05, 2006

Noche de pasión prohibida


(Nota: este es un final alternativo o complementario a una historia anterior, que de seguro no os acordáis. Si quieren verla, hagan click aquí...)

La muchacha sintió como la verga se alzaba nuevamente, volvía a endurecerse, repletando su boca, casi hasta su garganta. Se deleitaba estrujando aquel preciado objeto con su lengua, mientras su cabeza se movía arriba y abajo, brindando una cobertura completa al miembro, desde su base hasta el glande. La punta de su lengua palpaba el ojete y recorría la sedosa superficie, de la cual manaba ya un abundante y suave líquido. Ernesto gozaba con el espectáculo. No podía creer su fortuna. Milena, su joven cuñada, le estaba dando una de las mejores mamadas. Abrió más sus piernas, de manera que su verga quedara aún más libre para su amante. La lengua de Milena paseaba gustosa cada rugosidad de su miembro, mojando con su saliva caliente cada palmo de la herramienta. Luego bajó, hasta sus bolas, metiendo en su boca primero una, mordisqueándola suavemente, y luego la otra, produciendo un placer infinito en el hombre, mientras una de las manos de la joven mantenía la verga en constante movimiento... Ernesto podía ver que la otra mano de Milena se perdía entre sus propias piernas, agitando los dedos contra su clítoris.
-No me hagas acabar todavía, bebé... susurró Ernesto, sintiendo que el masaje era demasiado efectivo.
Milena, obediente, aflojó el roce y besando la punta, se levantó. Se puso a horcajadas sobre su amante, y abriendo su vulva, comenzó a sentarse sobre el miembro, que presto al servicio, se mantuvo enhiesto, muy tieso, penetrando lentamente en el forado caliente. Ella comenzó su dulce empalamiento, subiendo y bajando cadenciosamente.
-Ah, aaah, gemía Milena, sintiendo como se abría su vagina, y como esa verga soñada, ahora era suya, y entraba a conquistar lugares recónditos, explorados solamente en sus noches de placer solitario. Su cabello se arremolinaba, a cada movimiento de su cabeza, presa como todo su cuerpo, del vértigo sensual del amor adulto. Se inclinó hacia su cuñado y se besaron ardientemente. Sus lenguas se entrelazaron, se acariciaron, intercambiando sus salivas calientes. La lengua dura de Ernesto comenzó a imitar el ritmo de la penetración, por lo que Milena sentíase follada por arriba y por abajo, acompasando su cuerpo en un baile de subido erotismo. Ernesto la tenía asida por la cintura, ayudando a mantener los movimientos pélvicos de Milena. Sabiamente, deslizó una mano hacia la quemante comisura de los labios vaginales untando un dedo con los lubricantes que afloraban en la zona, y luego lo hizo viajar por el mullido culo de la muchacha, entreabriendo sus nalgas y acariciando el pequeño esfínter. Cerró sus ojos y se representó la imagen. Su dedo medio recorría la tersa piel, presionando el orificio suavemente, una y otra vez, hasta el momento en que éste dio muestras de ceder. Entonces se introdujo levemente, esperando alguna reacción de la joven. Por un instante, el hoyito permitió la entrada, para luego apretar su dedo y enseguida volver a soltarlo, junto con un quejido. El paso estaba franqueado, de modo que Ernesto mantuvo su dedo jugando en el delicioso lugar.
La explosión orgásmica los sacudió al unísono. La joven comenzó primero, una vibración comenzó a expandirse desde el centro de su sexo, y la recorrió, como ondas en el agua, hasta el último rincón de su cuerpo y de allí se devolvió violentamente, haciéndola soltar desde lo más interno, un río de efluvios, un torrente de jugo, que chocó, en un impacto frenético, con los jugos de Ernesto, expulsados a chorro hacia el interior de Milena. Luego, la ola bajó, bañando la verga de su amante, y corrió por la piel de éste, hacia las sábanas.
Ambos, exhaustos, quedaron abrazados, la una sobre el otro, unidos no obstante por la verga del hombre, que aún rígida, no quería salir de su caliente refugio.
-Me has hecho gozar como nunca en la vida, Ernesto..., susurró Milena al oído del hombre.
-he sentido un placer tan exquisito... ¿Siempre es así? ¿así fue en la noche de boda con mi hermana?
-bebé, dijo Ernesto, no siempre se goza igual. Pero te juro que hoy ha sido increíble. Esa noche fue estupenda, pero tanto yo como Julia, éramos un poco inexpertos, de manera que nos limitamos a amarnos de manera muy clásica, podríamos decir... ella abajo y yo arriba, la penetración un poco brusca de mi parte, en fin, los dos estábamos recién despertando al sexo....
-Claro, entiendo. Dijo Milena, besándolo en los labios. Pero ahora que tienes madurez se ve que te has convertido en un maestro.... me has dado con todo. ¿o puede ser aún mejor?, ¿puede haber más formas de gozar?
-Mi preciosa muchachita, debo decirte que el placer tiene mil caminos, tu cuerpo es un instrumento musical intacto aún, del cual se pueden extraer melodías infinitas. Ojala que cuando te cases, o al menos tengas nuevas experiencias, lo hagas con un virtuoso, que sepa hacer vibrar cada cuerda de tu cuerpo, verás que uniendo tu experiencia, lograrás goces deliciosos. Le contestó Ernesto, acariciándole un pezón.
-Pero eso será en mucho tiempo más, cariño, porque deseo que me enseñes más, mucho más.... Quiero explorar mi goce, saber hasta donde puedo llegar. Esta noche sentí cosas exquisitas, que no sabía que estaban en mí. Y tengo gran curiosidad por seguir. ¡Tu serás mi guía!. Exclamó al tiempo que lo besaba, y tomaba su verga, extrayéndola de su sexo. Conservaba aún cierta respetable erección, que la admiró. Su boquita inquieta bajó y abrigó una vez más el miembro, tratando de enjugar los restos de néctar.
-Milena, loca, no, no, no sigas por favor, que está amaneciendo... clamó Ernesto, ahora preocupado.
-Bueno, pero, prométeme que esta noche volverás a mi cuarto. Dijo Milena, mirándolo fijamente, con sus manos en las perfectas caderas, en un gesto de pretendido enojo.
-pero, bebé. Balbuceó el hombre. Tengo que dormir también...
-No sé, tienes que venir. Cómo lo harás no sé, no es mi problema. Yo quiero una segunda lección. Si no vienes, le contaré a mi hermana que...
No, calla. Interrumpió Ernesto, no se te ocurra, esto quedará entre nosotros, debe ser un secreto, para siempre.
-Si, cariño, para siempre. Además quedan muchas noches por delante...

martes, mayo 02, 2006

La princesa


Había una vez una princesa que vivía en el Reino del Sur. Su infancia la pasó muy feliz, junto a sus hermanos, jugando y disfrutando de las montañas, lagos y bosques que rodeaban su reino. Pero como siempre pasa, la princesa creció, casi sin que se dieran cuenta sus padres. De pronto, de un día para otro, la niña se convirtió en una bella adolescente, y luego en una hermosa mujer. La voz se corrió por el reino y más allá, muchos príncipes quisieron conocer a la bella Angelina. Conoció a muchos varones, pero ninguno la convencía, ninguno de ellos lograba despertar a su corazón. En su pecho, latía un corazón muy noble, pero que ansiaba latir intensamente por alguien. Ella se ponía triste, pues no encontraba alguien que hiciera clic, que armonizara con sus vibraciones. Unos eran torpes, otros aburridos, otros muy infantiles, en fin, ninguno cumplía con sus requisitos. Y no es que fuera muy exigente, no, simplemente su alma tenía un ideal, pero nada inalcanzable. El elegido, debía ser inteligente, entretenido, maduro, y sobre todo amarla. Ciertamente no eran requisitos difíciles. Por qué le costaba encontrarlo?
Ella, a la edad de 17 años, era una niña-mujer. A veces se comportaba como una mujer y otras como una niña. Ella se daba cuenta de sus contradicciones, y poco a poco las iba entendiendo. Por un lado sentía que algo en su cuerpo, luchaba por emerger: así cada día notaba, al mirarse al espejo, que su cuerpo se iba modelando, dejando las formas infantiles, para empezar a levantarse por acá, a emerger y redondearse por allá, en fin, era la mujer que surgía, como una mariposa surge de la ninfa. Y el cambio le gustaba, sentía una rara pero agradable sensación, cuando se bañaba, y el agua la recorría suavemente. Y cuando se jabonaba, dedicaba un buen rato a masajear las nuevas formas que surgían en ella. Lo mismo ocurría cuando jugaba con los demás muchachos del reino, y de pronto notaba ciertos roces y refriegues, que algo generaban en sus pechos incipientes.
Así, también fue descubriendo, que sus formas nuevas generaban admiración en los muchachos, e incluso en algunos mayores. En mas de un baile, actividad que desde temprano le empezó a gustar, fue apretada un poco mas de la cuenta, al principio, sin que ella advirtiera una segunda intención, y luego, al notar ciertos efectos, incluso provocarlos.
Cuando empezó a darse cuenta de lo que causaba en los muchachos, descubrió que tenía un arma muy importante. Y fue una diversión cotidiana entretenerse con jueguitos de doble significado.
Una mañana, despertó mojada en su entrepierna. Una dulce sensación, un calorcillo interno, afloraba en su sexo juvenil. Durante la noche, había soñado una larga serie de juegos con un joven amigo. Su rostro era indefinido, pero le gustaba su aroma a hombre. Ambos se encontraban en la playa, junto al gran lago del reino, y recorrían sus orillas. Una ligera brisa de verano los acariciaba, mientras caminaban abrazados. Ella sentía latir su corazón. Era el. Era el. Y de pronto, el joven la tomaba y le daba un gran beso. Sus brazos la estrechaban y se sentía protegida. Ambos rodaron por la arena, y sintió que debía abandonarse. Los brazos firmes de el, la acunaban, pero a la vez sus manos, la acariciaban con delicadeza. Ella entrecerraba sus ojos, y se dejaba recorrer su cuerpo. Sentía como si fueran docenas de dedos, que le recorrían su piel. Dedos que levantaban sus prendas, y audazmente surcaban las deliciosas curvas de su cuerpo. Sus pechos turgentes se endurecían con las caricias, alzando sus juveniles pezones, que despertaban por primera vez. Pronto esos dedos fueron más atrevidos, y laboriosos se dedicaron a separar las piernas de ella, buscando el tesoro más preciado y virginal. Ella se sentía en las nubes, y no opuso resistencia. Al contrario, sintió que era preciso despejar la entrada a su rincón íntimo. Y cuando el joven acercó su candente dote viril, ella simplemente se rindió. Jamás había experimentado ese contacto, pero algo en su interior, le dictaba instrucciones. No era su mente la que controlaba sus acciones, algo en su sexo era quien asumía el control. Y la penetración fue el transporte al cielo. Ella solo sentía que debía gemir y disfrutar ese momento, fue un largo orgasmo, delicado y muy intenso. Y cuando quería retener ese macizo miembro en su interior, despertó. Estaba mojada. Y allí se dio cuenta que su cuerpo había cambiado. Estaba sola en su cama. Pero había sido el mejor sueño en mucho tiempo. Le pareció tan real, que a partir de ese momento empezó a recordar cada noche ese sueño, para ver si se repetía. Nunca más ocurrió, pero adquirió una habilidad, que no la abandonaría jamás: con su imaginación era capaz de crear las más increíbles situaciones eróticas y sentirlas como si fueran reales.

viernes, marzo 17, 2006

Esta semana destaco una fantasía

Este fin de semana les recomiendo lean a Galilea, Dama Placer, que tuvo una sesión de oficina muy caliente, una reunión de trabajo agotadora que de seguro les animará a mantener muy en alto .... el espíritu laboral....

miércoles, diciembre 28, 2005

Una noche de Enero (Final)


Abrió sus piernas, como siempre lo hacía y cogiendo un consolador, discretamente guardado bajo su almohada, se lo introdujo lentamente, hasta el fondo. El aparato se hundió casi hasta desaparecer en la vagina. Milena se retorció, y acariciando sus pechos ahora con ambas manos, comenzó a frotar sus muslos, manteniendo el juguete incrustado en su sexo. Un extremo tan pronto se asomaba entre sus labios vaginales, como se volvía a hundir, gozoso en su cálida vaina. Las manos entrecruzadas de Ernesto, entretanto, formaban un perfecto túnel, por el cual se deslizaba rítmicamente y sin obstáculos su pene, en una febril masturbación.
Sin duda, Milena estaba nuevamente pasando por un delicioso orgasmo, a juzgar por las verdaderas contorsiones que hacía su cuerpo, ahora dulce víctima de un largo consolador. Controlaba, cual experimentada hembra, cada uno de los músculos que rodeaban su túnel vaginal, oprimiendo y soltando el erótico aparato, que en su caliente imaginación era la verga de su cuñado que la penetraba salvajemente. En un momento su cuerpo se arqueó, se juntaron sus muslos, y el juguete salió volando empapado en los fluidos de la muchacha. Milena lanzó un quejido, mientras musitaba: No me la saques, no me la saques..., no... No quería que el goce se detuviera, ahora menos que nunca, que sentía tan cercana la oleada de un nuevo placer. Por fortuna, el consolador se levantó y volvió a entrar en su alojamiento, reanudando su labor..... Ernesto lo introdujo lentamente en la preciosa entrada, la que no opuso resistencia alguna. Milena, con los ojos cerrados, gimió: Así, amor, que rico...., más adentro, así... Mientras abría sus piernas, permitiendo que el aparato, ahora animado, prosiguiera su faena. Ernesto podía ver ahora, en un primer plano excitante, la belleza de su cuñada, como nunca había imaginado o soñado. El sexo se distendía ante el embate, y los jugos se escurrían por sus pliegues hacia abajo, mojando profusamente el agujerito anal de Milena, que brillaba como un hermoso punto de azabache en medio de su blanca piel. Una mano de Ernesto empujaba el juguete, mientras la otra seguía pegada a su propio aparato, que erecto en plenitud latía y destilaba deseo.
La joven recibía la dureza con frenesí, sentía que era un verdadero pene rígido, tan caliente como uno real, y que le brindaba la misma sensación de placer. Sintió como la verga se retiraba, casi hasta salir y en forma instantánea, como volvía a penetrarla. Se retiraba por completo y luego se le hundía, muy profunda, hasta donde nadie había llegado. Podía sentir, en cada embate, como iba aumentando la presión, como si la verga se hinchara, se engrosara, y le llegara aún más adentro. Podía sentir ahora, hasta la presión del cuerpo al que pertenecía la verga, como la empujaba, y la sacaba, y la volvía a meter. Su mente, en medio del inmenso placer que estaba experimentando, construía lo que faltaba para que el acto fuera completo, y podía sentir la carne caliente sobre su cuerpo, sobre su vientre, y las manos que alzaban sus piernas, y las caderas firmes en que ahora descansaban, y el movimiento ondulante que estremecía su cama. Hasta podía oír la respiración agitada que acompañaba sus propios quejidos. Y ya no sólo sus manos acariciaban sus pechos y sus pezones, sino también un par de manos húmedas... Anheló tocar esa herramienta preciosa que la subyugaba y aferrar el par de bolas morenas que su memoria sabía adheridas a la verga...
Entonces, tal como había visto hacer a su hermana, sus pequeñas manos se llenaron de la carne prohibida pero soñada, sintiéndolas tan agradables y tan suyas en aquel momento, que no pudo resistir más, lanzándose en un vórtice de fuego y alcanzando un enésimo orgasmo, tan distinto a los anteriores, tan líquido como nunca había sentido. Y enseguida, como colgándose de su orgasmo, sintió un torrente de fuego líquido que salía de la verga, chocando en su interior, inundándola y haciéndola desfallecer. Milena estaba hecha un torbellino, el intenso goce recibido aún latía en sus entrañas. Sus muslos cansados, se relajaban poco a poco, mientras sus tejidos vaginales, hasta hace unos momentos muy distendidos, se replegaban tornando a sus posiciones originales. Estaba mojada y caliente, sobre todo en sus rincones mas preciados. Por el hermoso canal entre sus nalgas fluían suavemente los jugos mezclados, apozándose en las sábanas. Mantenía sus ojos cerrados, disfrutando cada segundo de la experiencia. A su lado, también desfallecido, Ernesto hacía lo mismo. Entre sus piernas abiertas palpitaba su verga, todavía alzada. Sobre la cabezota brillante, asomaba una gota cristalina...
El placer que había recibido no podría ser borrado de su memoria. Había disfrutado a su cuñada de una manera muy distinta a las ahora rutinarias noches de amor con su mujer. En esos momentos no pensaba en las eventuales consecuencias o secuelas, que el encuentro podría tener. Sólo pensaba en la gratificación y la dicha de estar allí, con la hermosa joven, desnuda y a su disposición, respirando a su lado, tan al alcance de sus manos... No cesaba en sus cavilaciones, cuando sintió la suavidad de unos labios ardientes posándose sobre su pene. Abrió sus ojos. Era Milena que besaba su verga, sorbiendo y lamiendo con deliciosa maestría. Sus dientes y su lengua le aplicaban un exquisito tratamiento reanimador.
No se dijeron palabra alguna. Sus miradas se cruzaron y eso fue suficiente. Ambos se desentendieron de las dudas y temores. Había que concluir lo iniciado, aunque la vida, estaban seguros, no volvería a ser igual.

martes, diciembre 27, 2005

Una noche de Enero (Cap.II)


Ernesto no aguantaba su verga, la sola presión de su mano había aumentado el tamaño, y en lugar de aplacarlo, obtenía que gotas de líquido corrieran por su pijama. Su oído se esforzaba por no perder detalle... su mano tomó la manija y la giró suavemente. De pronto, notó que la puerta cedió. Primero fue un centímetro, luego un trecho mayor.
Pudo ver la plenitud de Milena, que se agitaba en la cama, gozando y refregándose en las sábanas, completamente desnuda. A pesar de la tenue iluminación que brindaba la lámpara de la mesita de noche, pudo apreciar claramente el magnífico cuerpo de la joven, blanco y terso, como un brillante engarzado en las ropas del lecho. Su verga sintió el impacto de la visión, convirtiendo las gotas en un hilillo. Se mantuvo agazapado, aferrando ahora su pene con ambas manos, frotándolo sin pudor.
Veía nítidamente la espesa mata de vello que cubría el juvenil monte de Venus de Milena. Y los dedos de la joven que entraban y salían de su sexo, empapados en jugo. En el silencio se oía el ruido característico de la penetración muy bien lubricada. Milena se agitaba, abría y cerraba sus preciosos muslos, oprimiendo su mano.
Parecía que eran dos dedos, pero no, era casi la mano completa, que entraba en las tiernas carnes.
La visión era sin duda excitante y el miembro de Ernesto quería saltar sobre la muchacha. Casi escapaba de sus manos.
Milena estaba gozando de manera indescriptible. Su propia mano le concedía un orgasmo increíble y que no cesaba. Era un placer inacabable, brutal.
En las penumbras, veía machos que le hacían el amor, y le lanzaban sus jugos, sentía como se venían sobre ella, y los acogía con pasión, quería abrir sus piernas para recibir todos esos miembros de una vez en su interior. Y su calor aumentaba, creía ver y sentir el olor del sexo, que inundaba su habitación, su mente estaba absorta en el goce, no había nada más en el mundo, su vagina abierta y un pene que le entraba hasta lo más profundo. Lo sentía tan real y vivo que le ardían sus entrañas, y gozaba.
Esa noche era para ella, sentía que si había logrado un orgasmo tan rico, no lo dejaría terminar, lo prolongaría hasta donde fuera posible.
El goce nuevamente fue creciendo y una nueva oleada la inundó, derramando otra vez sus ríos sobre las sábanas. Y siguió el juego de su mano, entrando y saliendo.
Qué increíble sensación sentía al meter ahora sí, toda su mano en la vagina, como si fuera un pene gigante. ¡Qué ganas de tenerlo de verdad allí...!
En las imágenes fueron desapareciendo una a una las vergas, hasta que quedó sólo una.
Sí, lo sentía, era la de su cuñado. ¡Cómo no recordarlo, si su erección cuando lo vio penetrar a su hermana, la hizo desfallecer, y provocó su primera masturbación, a los 16 años! Era sin duda el pene de Ernesto, que le entraba como aquella noche a su hermana, y le gustaba.
Guardaba en su mente esas escenas, a las que se entregaba siempre, al final de sus pajas, rindiéndole tributo, por la iniciación en el autoplacer.

lunes, diciembre 26, 2005

Una noche de Enero (Cap.I)


Era una noche calurosa de enero. La casa estaba en silencio. Ernesto se levantó y salió al pasillo, dispuesto a ir hacia la cocina y beber un vaso de refresco. Acostumbraba a caminar a oscuras, así que no encendió ninguna luz. Avanzó y cuando pasaba frente a la habitación de su cuñada, creyó sentir ruidos. Se detuvo y apegó su oreja a la puerta. Efectivamente, en el interior se escuchaba un murmullo, suave. Prestó mayor atención y alcanzó a oír, algo como un quejido, y suspiros entrecortados.
En la habitación dormía, se suponía, Milena, la hermana de su mujer. Era una hermosa joven, de 19 años, que estaba en el primer año de universidad. A Ernesto le llamaba la atención, en secreto, sobre todo por el gran parecido con su mujer y la esplendidez de la juventud que tenía. Ciertamente la veía como un bocado apetecible, una conquista deseable a sus 42 años, pero jamás se habría atrevido a dar un paso para seducirla.
En el silencio de la noche le pareció distinguir, claramente una especie de gemidos y suspiros, muy parecidos a los ruidos que emitía su mujer cuando hacían el amor. -¿será posible...?, se dijo a sí mismo- está haciendo el amor..., no, no, se está masturbando... Se inclinó y trató de observar por la cerradura. Se distinguía una tenue luz en el interior, se divisaba una parte de la cama, y sobre ella se alcanzaba a ver las piernas de Milena, que se movían como haciendo el amor, como si tuviera un cuerpo entre ellas. Pero no podía divisar nada más. Sin embargo, con lo que veía, bastaba para que su mente construyera la imagen faltante. Su pene de inmediato reaccionó, irguiéndose bajo su pijama. Tuvo que aplacarlo con una mano, aferrando su verga.
Milena se retorcía en el lecho, acariciando su vulva con una mano, mientras la otra apretaba sus pezones, duros como cerezas. Sus ojos entrecerrados, evocaban muchas imágenes eróticas que le subían mucho más sus grados. Sus dedos se introducían en su vagina, retozando en medio de la jugosa carne. Sentía que desfallecía, y gemía de modo incontrolable. Su lengua acariciaba sus labios, y sus dientes la mordisqueaban como deseando tener algo más grande y duro entre ellos. Estaba haciéndose una paja exquisita. En sus imágenes aparecían vergas enhiestas atacándola, mientras ella las tomaba y las estrujaba. Allí estaba Eduardo, su novio del año pasado, que la penetraba con fuerza, y también Víctor, el que lo sucedió, que se la metía en su boca, llenándola de leche. Y aparecía, en chispazos, Juan Andrés, el profesor de Gramática, que le ponía entre sus pechos su verga morena y tiesa, palpitante. También colaboraba Ernesto, su cuñado, el primer hombre extraño que había entrado a su casa y al que había espiado justamente en la noche de bodas, admirando por primera vez una polla erecta, mientras se montaba a su hermana... Y uno tras otro se mezclaban, la poseían, le chupaban y masajeaban, entre las piernas, su culo, sus pechos, en fin, era una orgía imaginaria, pero en ese momento tan real, que la hacía acabar, en un orgasmo lento y continuo, delicioso.

martes, noviembre 08, 2005

Noche de cine (Final)


Esperamos unos segundos y entreabrimos la puerta y vimos que el tipo estaba de pie en el centro del lugar. Cuando se dio la vuelta sus ojos vieron a la mujer imponente, que se alzaba el vestido, desnudando sus piernas, mirándole fijamente el miembro erguido que apuntaba al techo. Ella sonrió y sin dejar de mirarlo comenzó a bajarse los tirantes del vestido, desnudando unos pechos redondos y rotundos cubiertos por un sujetador rosa a juego con las bragas que había mostrado antes. Pude ver como la polla del tío se iba tensando cada vez más sin que éste pudiera apartar la mirada de ella. La morena se dirigió a uno de los compartimentos. Sin cerrar la puerta y con la mirada fija en el tío se levantó el vestido y metiéndose una mano bajo las medias y las bragas comenzó a masturbarse. Se sentó encima de una taza sin dejar de tocarse. El hombre se acercó y poniéndole la polla ante la cara comenzó a pajearse con furia. Era increíble pero parecía que ella emanaba una fuerza tal que lo tenía hipnotizado y hacía exactamente lo que ella deseaba. Entonces miró hacia la puerta entreabierta, mordiéndose el labio inferior, haciendo que casi nos derritiéramos. Nos acercamos, y con dificultad mi marido entró en el compartimento con ellos. Ella susurró que cerrara la puerta mientras sus manos se dirigieron a su espalda para desabrochar el sostén. Sus tetas dieron la impresión de crecer. Tenía unos pezones oscuros y pequeños, erizados, que acarició con suavidad mientras le decía a Carlos: sácate la polla. Lo hizo. El cuadro era fenomenal, ella sentada, con las dos pollas apuntando a su carita excitada. Ella las cogió con las manos pegándolas una contra la otra, frotando los glandes contra sus mejillas. El hombre tenía una polla pequeña pero gruesa, con un capullo más gordo todavía, imaginé su textura caliente y viscosa por la excitación, y ví el pene de mi marido sensibilizado al máximo, mientras veía los pechos de ella bambolearse. Acercó su lengua y empezó a lamer los capullos humedeciéndolos con su saliva. Unió todo lo que pudo ambas pollas y se las metió en la boca. El otro tío no pudo aguantar y se retiró como para correrse. Entonces ella atrajo un poco más a Carlos y se metió su polla en la boca, chupando con intensidad mientras volvía a masturbarse por debajo de la ropa. Yo empecé a tocar mis pechos, excitada con el cuadro, y con ganas de integrarme al trío.
Como pude entré y llevé una mano hacia la polla del hombre, tomándola y pajeándole mientras ella succionaba el capullo de mi marido. El gimió y empezó a correrse. Pude ver como el semen caliente resbalaba por la comisura de los rojos labios de ella, pringándole la mano. Cuando empezó a ablandarse le apartó y tomó el pene que yo tenía e introduciéndoselo en la boca repitió la tarea. Sentí que no había tragado la leche de Carlos, de manera que completé la labor. Mi lengua frotaba su glande rápidamente, y pronto el semen comenzó a escaparse de mi boca, resbalando por mi cuello hasta mis pechos. Ella se masturbaba salvajemente, empezando a gemir con la verga de su hombre en su boca, aumentando mis sensaciones. Yo pensé que se estaba corriendo y no pude contenerme, mis jugos corrían por entre mis piernas. El semen de mi marido salió a borbotones, llenando mi boca. Ella la sacó y los chorros saltaron hacia su cara y sus tetas. Cuando recobré el aliento, me di cuenta que el otro tío seguía pegado a nosotros mirando con cara de alucinado. Ella, sin decir nada, se levantó y se limpió con papel higiénico. Se vistió y salió con toda la tranquilidad del mundo, sin mirar a nadie, y se dirigió al baño de tías. Cuando salió, totalmente arreglada, se acercó a nosotros, que estábamos en el pasillo. Observé que llevaba algo en la mano que ofrecía a Carlos con una sonrisa. Eran sus braguitas que noté húmedas cuando las cogí. Entró a la sala, y el hombre la siguió. El paró mirándome fijamente, sin decir nada. Volvimos también a la sala, y nos sentamos en otra parte, sin decir nada. Al fin vimos la película, con mi marido sin que comentáramos el encuentro, durante el resto de la velada. Yo no pude dejar de pensar que el episodio era uno más en mi búsqueda, a estas alturas casi obsesiva, del placer total.

lunes, noviembre 07, 2005

Noche de cine (Cap.I Susana sigue buscando...)


Una noche habíamos quedado con Carlos de ir al cine. Ambos deseábamos descansar un poco de tanto sexo, aunque la película que queríamos ver no era ajena al tema. Estábamos en el hall, esperando la hora de entrada, conversando de cosas variadas. Entonces vimos llegar a una pareja muy llamativa. Nos miramos con mi marido y nos sonreímos, cada uno ya sabíamos lo que el otro pensaba, no podíamos escapar a nuestros gustos y debilidades. La mujer era imponente: una chica morena escultural, de unos 27 años, con unas tetas impresionantes que se marcaban incitantes bajo el vestido corto. El contoneo de sus caderas hacía bailar el vuelo de la faldita mostrando unos muslos preciosos silueteados por unas medias negras, él era de edad similar, alto y trigueño, se notaba atlético. Cuando se sentaron, el cine estaba vacío, y con Carlos como sin querer, nos acercamos y nos sentamos en la misma fila, al lado de ellos. Yo me senté al lado de ella, de tal manera que ambas quedamos flanqueadas por los dos hombres. Los ojos de Carlos se iban hacia sus piernas, pero intentaba disimular. Empezó la película. Yo estaba nerviosa porque no sabía qué idea se le había ocurrido a Carlos. Al cabo de un rato, en la oscuridad vi como la falda del vestido de ella se subía muy despacio. El hombre estaba tirando suavemente de ella. La mujer, le susurraba que estuviera quieto, pero yo notaba en su voz un tono entre el reproche y la excitación. El le susurró algo al oído y ella dejó de frenarle su mano. En un momento su vestido descubría sus muslos casi por completo. Estaba buenísima. Carlos me dijo al oído que deseaba como nada en el mundo que el vestido subiera un poco más hasta descubrir sus braguitas. De repente vi como la mano del hombre le levantaba la falda de una forma descarada. Vimos entonces las braguitas de ella resplandecer bajo la oscura transparencia de sus medias.
Ella se incorporó ligeramente y metiéndose las manos bajo el vestido se bajó las medias hasta mitad de muslo y se volvió a sentar. Le miré a él que se estaba masturbando en la oscuridad. Esta vez fui yo la que sentí que mi falda se subía, al igual que la de ella. Era mi marido que imitaba el jueguito de nuestros vecinos. En la oscuridad, sentí sus manos recorrer como tantas veces mi piel.
Era imposible que nuestros ocasionales vecinos no advirtieran que los estábamos viendo y siguiéndolos en sus escarceos. Mis bragas se ajustaban con su tela brillante a mi sexo, que ya estaba humedeciéndose. Llevé la mano de Carlos hacia mi conchita. Vi como ella separó un poco las piernas. Su pareja le pasó la mano por toda la entrepierna. Se notaba su humedad aún por encima de las bragas. Su pecho se agitaba por la respiración bajo se vestido. Ella estaba excitada, y sin duda no habían ido a ver la película. Le apretó la mano contra su sexo, e imaginé como hacía que la suave tela de sus braguitas se entremetiera entre sus nalgas. De repente apartó su mano y se incorporó ligeramente, colocándose otra vez los pantys. Pensé que todo había acabado. Ella se levantó saliendo de la sala, haciéndole un gesto al hombre, que la siguió. Mi marido se levantó también diciéndome que la siguiera. Salimos y fuimos hacia los servicios. Ella estaba en la entrada, sola. Ante nuestro asombro entró en el baño de hombres.

miércoles, octubre 26, 2005